Huyendo de la realidad [Parte I] PDF Imprimir E-mail
Escrito por Pedro Pablo Enguita   
Domingo, 14 de Septiembre de 2008 13:29
 
[11 pags. aprox]

 

1

Marion Bernstein se despertó con un insufrible dolor en todo su cuerpo. Hasta la más recóndita fibra de su ser parecía estar castigándola. Sus manos estaban heladas, los ojos le escocían y los pulmones le quemaban como si de aspirar cada soplo de aire le pendiera la vida.

Se levantó sobresaltada, diciéndose a sí misma que aquello era producto del extraño sueño que había tenido. Sólo había sido una pesadilla.

El ordenador abrió las persianas y los tibios rayos de sol inundaron el dormitorio. Admiró su tranquilo apartamento de Tiburón con el convencimiento de que todo iba bien. Caminó descalza por el cálido suelo de parqué, abrió la ventana y avanzó por la amplia terraza contemplando la magnífica vista de la bahía iluminada por el amanecer. Bajo ella, un suelo de duro plástico dejaba ver el mar lamiendo el nuevo rompeolas. En un cielo limpio como pocas veces la naturaleza desplegaba toda su paleta de colores. Al fondo, el sol teñía de dorado los rascacielos de San Francisco.

Marion sintió el frío de la brisa matutina y regresó al interior convencida de que aquel iba a ser un gran día. Al fin y al cabo ni siquiera ella recibía todos los días al vicepresidente de los Estados Unidos. El ordenador le había seleccionado uno de sus mejores vestidos, tal vez demasiado escotado para los gustos de Marion, pero todos sabían que el vicepresidente era un poco viciosillo. Marion se acercó al espejo y comprobó cómo le quedaba: realzaba sus pechos y dejaba que su rizado cabello castaño se deslizara por sus hombros. No sabía por qué, pero le pareció que su aspecto aquel día resultaba imponente, era como si la imagen que reflejaba el espejo pretendiera desacreditar la angustiosa sensación que había tenido al despertar. Incluso creyó que sus verdes ojos chispeaban, transmitiendo así la imagen de genialidad que todo el mundo admiraba en ella.

Se dirigía a la cama para desayunar cuando observó algo raro. Un gran charco se extendía a los pies de la cama. Un robot se afanaba en hacer desaparecer los restos de agua.

—Ordenador ¿qué es eso?

—¿El qué?

—Ese charco. ¿De dónde ha salido?

—Información no disponible.

—¿Qué significa eso? ¿Estabas desconectado? ¿Hubo algún corte de electricidad?

—Información no disponible —repitió con su voz átona.

Marion torció los labios. Ella era la presidenta de TRINET, la compañía de software más importante del mundo. No estaba acostumbrada a que alguien le dijera que algo no podía hacerse.

Además ¿cómo se podía haber formado un charco de agua allí, en su dormitorio?

Pero decidió que no valía la pena preocuparse por ello. Se sentía con ganas de comerse el mundo. Además, esa angustia que la había afectado al despertarse ya había desaparecido del todo. Se preparó un café y aceptó la sugerencia del ordenador de oír los mensajes grabados en el contestador.

—Hola Marion. Oye, siento mucho lo que pasó este fin de semana. Sé que debería haberte hecho más caso, porque lo estabas pasando mal y… Bueno, me alegro de que ahora estés bien. Ponte en contacto conmigo lo más rápido que puedas.

Otra vez Kevin, qué pesado. Marion no entendía cómo con semejante inseguridad ese actor podía haber ganado dos Oscars aparte, claro está, de porque tenía el culito más sexy de todo Hollywood.

—Hola Marion. Vuelvo a ser yo. He intentado entrar en tu casa, pero el ordenador central no me deja…

—Ordenador ¿cuántos mensajes ha dejado Kevin?

—Siete.

—Bórralos todos.

—Sí señora.

En ese momento sonó su móvil. Marion no dudó que se trataba de Kevin y, dispuesta a dejarle las cosas claras de una vez, lo cogió. Pero, sorprendida, comprobó que no se trataba de Kevin. En realidad no aparecía ningún número por la pantalla.

—Hola Marion, supongo que ya habrás visto el charco de agua que había en el suelo de tu apartamento —le dijo una cara que Marion no reconocía pero le era extrañamente familiar.

—¿Quién eres?

—¡Ah! Veo que no me recuerdas, debí suponer que MIMA haría esto, pero no te preocupes porque…

La llamada se cortó. Marion miró su móvil extrañada. Aquel hombre parecía conocerla, sabía algo sobre el charco y su cara le resultaba extrañamente familiar, pero ella no recordaba haberle visto.

—Qué cosa más rara —dijo.

Tras desayunar, Marion pidió al ordenador que le preparara el coche. Era un flamante MIMA Gold de color rojo cuyas aerodinámicas curvas causaban vértigo en las sinuosas carreteras de California. Se sentó en el asiento del conductor y arrancó el vehículo, despreocupándose mientras el ordenador de a bordo emprendía la marcha. Marion se estiró un poco, dispuesta a leer el correo durante el trayecto, pero al cabo de un rato, al ver que el vehículo giraba por donde no debía, preguntó:

—¿Dónde vamos?

—A su trabajo, señora.

—Pero ¿por qué vamos por aquí?

—El Golden Gate está cerrado, señora.

—¿Cerrado?

—Un atentado terrorista, señora. MIMA no sabe cuándo se reabrirá.

Marion abrió la terminal de la que disponía el vehículo y cargó las noticias. El MIMA Today lo dejaba bien claro: bomba radiactiva en el Golden Gate, el puente no estaba dañado, pero las autoridades no lo iban a reabrir hasta que no se hubiera limpiado convenientemente la zona.

Llegó tarde a las oficinas de TRINET, ubicadas en la New Transamerican Pyramid de San Francisco. Como siempre, su secretario le había organizado la jornada de tal forma que apenas tuviera tiempo entre reunión y reunión. Además, aquel día todo el mundo andaba revolucionado con la visita del vicepresidente. A veces, en esas soporíferas reuniones, Marion echaba de menos el placer de la programación pura y dura. En eso sí que era una experta. Con sus inigualables dotes de programadora ella y un par de amigos más del MIT habían fundado TRINET y ahora la compañía era una de las cinco más poderosas del mundo y la segunda de Estados Unidos, sólo por detrás de MIMA.

La visita del vicepresidente resultó mucho más aburrida de lo que Marion esperaba. Sinceramente le había gustado mucho más la cena que había mantenido con la presidenta en la Casa Blanca , ella sí que tenía una personalidad magnética. En cambio el vicepresidente era uno de esos burócratas grises, que no dejaban traslucir nunca sus verdaderas intenciones ni se arriesgaban nunca a tomar verdaderas decisiones.

A pesar de eso, los negocios eran los negocios y el vicepresidente tenía un importante contrato que ofrecerles:

—El Gobierno está muy agradecido a TRINET por el software que habéis desarrollado para nosotros, pero el precio que exigís ahora por el nuevo controlador del tráfico por Internet es, simplemente, exagerado.

—El Gobierno necesita el controlador para garantizar la seguridad de nuestros servidores —le recordó Marion—. Como sabrá, el mes pasado los servicios secretos rusos lograron acceder a nuestros archivos sobre el escudo antimisiles. Si el gobierno no hubiera recortado tanto los gastos de seguridad informática posiblemente ese ataque nunca se hubiese producido.

El vicepresidente se retrepó en su asiento, molesto tanto porque TRINET conociera el ataque informático ruso como por la insinuación sobre su tacañería.

—Sabe perfectamente que no fue ese el motivo del retraso, sino el bloqueo del proyecto por el Congreso.

—Los demócratas se oponen a cualquier medida patriótica con la excusa de que coarta las libertades —acusó Philip, vicepresidente de TRINET, haciendo un gesto vago con la mano. Como siempre, llevaba un traje negro, tan carente de originalidad como él mismo. Su pelo engominado le hacía parecer un depredador de la bolsa, imagen que no distaba mucho de la realidad. De hecho últimamente Marion no se llevaba muy bien con él porque las cuestiones éticas le traían sin cuidado—. El país necesita que este software esté funcionando de forma inmediata.

—Lo mejor sería limitar el uso —terció Marion—. Todos sabemos que la oposición de los demócratas desaparecería si aseguráramos su uso sólo para asuntos militares.

El vicepresidente y Philip se miraron entre sí como si Marion se estuviera adentrando en terreno peligroso. Pero Marion, quien a pesar de ser una multimillonaria tenía todavía algunos escrúpulos, pensaba que eran ellos quienes se estaban adentrando en terreno peligroso.

—No pienso tener esta discusión otra vez —replicó Philip, dejando abruptamente el bolígrafo en la mesa y levantándose de ella. Su grueso cuerpo hizo que los zapatos resonaran en el suelo de mármol.

—Pues yo sí pienso tenerla. Diseñé el programa para que el Gobierno de los Estados Unidos pudiera protegernos de ataques terroristas y del espionaje de naciones enemigas. Pero es capaz de mucho más: permite a quien lo utilice rastrear todo, absolutamente todo el tráfico que circula por Internet, e incluso es capaz de infiltrarse en los ordenadores domésticos y sonsacar toda la información que hay en ellos. Es un arma tan poderosa que debemos evitar que caiga en malas manos.

—Necesitamos tener ese software y no queremos cortapisas. Lo sabes, Marion. Desde el gran crack del 28 los enemigos nos acosan por todas partes: la Unión Europea , Rusia, China, Brasil… Los atentados terroristas mataron el año pasado a más de 10.000 personas y eso sin contar con las que morirán por la radiactividad liberada en el atentado de Columbia.

Marion suspiró. Tenían razón. Su propio padre había muerto en uno de esos ataques terroristas. Y la amenaza extranjera no era precisamente pequeña, hacía apenas unas semanas la India había inutilizado mediante un virus informático todo un escuadrón de las USAF que sobrevolaba las Maldivas. Se rumoreaba que China había conseguido acceder al control informático de los silos de misiles estadounidenses. E incluso la antaño amigable Europa logró interferir los satélites espía americanos en la disputa por Groenlandia, tres años atrás.

Estados Unidos, el gran imperio del siglo XX, necesitaba ahora todas sus capacidades para mantenerse en pie.

Un momento.

No.

No iba a acceder a eso. Si amaba su país no era porque lo considerara mejor que los demás. No era porque la risa de los niños americanos fuera diferente a la de los niños iraníes. No era porque creyera que los Estados Unidos tuvieran que imponer su criterio por encima de los demás. Si quería a su país era porque defendía la libertad y la democracia. Y ese proyecto socavaba los cimientos de lo que ella amaba.

—No —determinó.

—¿Qué? —saltó Philip.

—No lo venderemos. No voy a permitir que mi programa se use para espiar de forma indiscriminada.

—Usted es la presidenta de una empresa, no le puede decir al gobierno de los Estados Unidos lo que puede o no puede hacer —declaró el vicepresidente, inflamado de ira.

—Y ustedes, el gobierno de los Estados Unidos, no están por encima de nuestra Constitución.

El vicepresidente dio un golpe en la mesa. Se levantó enfurecido, respirando entrecortadamente y recogió sus cosas con celeridad. Las negociaciones estaban rotas. Si Marion quería perder un contrato de ochenta mil millones de dólares era su problema.

Pero Philip no estaba dispuesto a dejar las cosas así. En cuanto el vicepresidente salió de la sala de reuniones increpó a Marion por su arrogancia.

—¡No puedes hacer eso! —vociferó.

—Puedo. Tengo el 51% de las acciones de la empresa. Si digo que no vendemos en estas condiciones no lo haremos.

—¿Sabes cuánto dinero vamos a perder por tu estupidez? —insistió Philip.

—Philip: vete a la mierda.

 

2

Philip no dejaba de dar vueltas, aumentando su impaciencia cada vez que miraba la pantalla del ordenador. Junto a él la mejor informática de TRINET (salvo Marion, claro) desesperaba. Llevaban horas peleándose contra el programa, estrellándose una y otra vez contra las impenetrables barreras que había tejido Marion.

—La muy hijaputa tiene el programa bajo su control —dijo Susana.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Philip.

—No podemos hacerlo correr. El núcleo del programa lo ha escrito la propia Marion y nadie salvo ella tiene acceso a él.

—Desarrollad otro núcleo.

Susana bufó, dejó de lado el teclado del ordenador y se preparó para repetir a Philip lo mismo que ya le había dicho otras veces. A veces era tan obstinado como estúpido. Sinceramente, no merecía el puesto de vicepresidente de la compañía.

—No podemos. Marion es una de las mejores programadoras del mundo, ya lo sabes, y si quiere que no podamos terminar el trabajo te aseguro que no habrá manera de hacerlo.

—Debe haber alguna forma de conseguirlo.

—No veo cómo. Es lista y decidida, ya lo viste hace unos días.

—Eso no volverá a suceder —juró Philip—. Nos cogió desprevenidos, eso es todo. En el fondo su acción de hace dos días no fue más que una medida desesperada. En esta ocasión hemos tomado precauciones.

Susana se atusó el cabello. A veces ponerse sexy era la única forma de hacer entrar en razón a Philip. Machista asqueroso, siempre menospreciaba a las mujeres. Y eso, teniendo a Marion de por medio, podía ser extremadamente peligroso.

—Te recuerdo que Marion fue la mejor hacker de todo el MIT, de todo Estados Unidos en realidad —entonó ella, acariciándole la barbilla con ironía—. Ten cuidado: siempre la has subestimado.

Philip gruñó algo ininteligible y avanzó por la sala de reuniones hacia la ventana. Desde allí podía ver los grandes atascos que estaba causando el cierre del Golden Gate. Más allá de la vorágine del tráfico y de los rascacielos, nubes algodonadas se deslizaban por entre las verdes colinas de la bahía. El reflejo del cristal le mostró a sí mismo como un tipo duro, de perfecto cabello negro engominado y una cara cuadrada a pesar de que tenía bastantes kilos de más. En cambio Marion, con ese rostro sensual, le había engañado. Era la clase de puta de escotes generosos que actuaba a traición. Philip no había esperado que Marion opusiera tanta resistencia y ahora lo pagaba bien caro.

Pero un momento: Marion sólo era una persona y por muy inteligente que fuera su plan seguro que había dejado cabos sueltos.

Philip siguió mirando la ventana, directamente hacia el Golden Gate.

El Golden Gate. Ahora que lo recordaba Marion siempre había tenido vértigo. Le horrorizaba incluso acercarse a la ventana de su despacho. Eso dejaba una pregunta en el aire. ¿Cómo una persona con tanto vértigo podía haber saltado desde el Golden Gate?

-Ordenador, quiero las grabaciones de las cámaras de seguridad del Golden Gate.

—Esas grabaciones son propiedad de una compañía privada y se requiere autorización —protestó el ordenador.

—Activa el counterspy y consíguelas —ordenó Philip. Counterspy era un juego de niños al lado del sistema que había desarrollado Marion, pero le serviría para su propósito.

Philip y Susana se acercaron a la pantalla. Era un vídeo de las cámaras de seguridad del Golden Gate. Una espesa niebla velaba el paisaje, no dejando ver más allá de unos cientos de metros de cables rojos. Los coches circulaban por la carretera, pero lo interesante estaba en la vía peatonal.

—Marion —dijo Philip.

—¿Y qué? Seguro que la policía ya ha visto esas imágenes.

Dejaron pasar un par de minutos y no observaron nada anormal hasta que vieron la figura de un hombre corpulento que cruzaba el Golden Gate en sentido opuesto. María y el hombre se encontraron a mitad del puente y Philip y Susana vieron horrorizados cómo el hombre agarraba a Marion y la arrojaba al vacío.

—Tenías razón. Marion no saltó del puente: la tiraron —reconoció Susana.

—Nuestra heroína no es tan valiente después de todo —se jactó Philip.

—Ordenador, ¿investigó la policía a este hombre?

—No.

—¿Ninguna compañía de policía? —inquirió Philip— ¿Por qué no?

—No poseo esa información.

Una punzada de angustia recorrió el cuerpo de Susana. Nunca, nunca había que subestimar a Marion.

—Ordenador, ¿cuántas compañías de policía hay en la ciudad? —preguntó Susana con una terrible premonición.

—Once.

—¿Cuántas tienen jurisdicción sobre el Golden Gate?

—Diez. La única que no la tiene es la Zhongguo Jingcha Inc, que tiene la competencia exclusiva del barrio chino.

—¿No deberían estar todas las compañías de policía peleándose por encontrar a ese hombre? Una de las personas más ricas de América salta desde el Golden Gate ¿y nadie investiga?

—No puede ser, no tiene sentido —concluyó Philip, empezando a ver dónde quería llegar Susana.

—A menos que, como siempre, hayas infravalorado a Marion.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él, irritado ante la constatación de que Marion había vuelto a ganarle por la mano.

—Tú mismo lo has dicho: es una de las personas más ricas de América. Puede hacer lo que se le antoje. Ordenador ¿quiénes son los accionistas de todas las compañías de policía de la ciudad?

El ordenador lo pensó un poco mientras el counterspy accedía a ficheros de cuentas secretas y paraísos fiscales. Philip volvió en pensar en las inimaginables posibilidades que abriría el programa que había desarrollado Marion frente a las patéticas capacidades del counterspy.

—De las once compañías de policía que operan en la ciudad, nueve son propiedad exclusiva de Marion Bernstein —anunció el ordenador con su habitual voz átona.

—Maldita hija de puta —siseó Philip.

—Te dije que no debías subestimarla —le recordó la analista—. ¿Y las otras dos?

—Una es la Zhongguo Jingcha Inc, que sólo opera en el barrio chino, donde tiene competencia exclusiva y es propiedad de diversas empresas chinas. La otra es la Castro Private Security, que se fundó la semana pasada y es propiedad de un tal Jack Lecrerc.

—Nuestra amiga ha dejado un cabo suelto —aseguró Philip dejando a la vista sus afilados dientes—. Contactemos con la Castro.

 

3

Ngodup observó de nuevo la mesa de su despacho sin terminar de creer que fuera realmente su despacho.

Por supuesto, se trataba de un pensamiento estúpido. Llevaba cuatro años instalado allí y recordaba haber pasado días enteros rehabilitando el apartamento, buscado con ahínco los muebles que lo adornarían, consultado con un maestro de feng shui y contratado a una secretaria solvente. Reconocía la mesa, las estanterías y el ordenador que tenía enfrente. Sabía qué quería transmitirle su secretaria con los más irrelevantes gestos. Veía los bolígrafos que se apiñaban en una lata vacía de Coca—Cola y adivinaba al instante cuáles de ellos pintaban y cuáles debería haberlos tirado a la basura hace mucho tiempo. Presidía la habitación el pequeño Buda que habían traído sus antepasados desde Tíbet.

Y, sin embargo, ese no era su despacho.

Ngodup olvidó ese pensamiento porque sabía que estaban a punto de llegar dos importantísimos clientes. Acababa de transformar su pequeña agencia de detectives en una compañía de policía y aquel prometía ser su primer caso. Su secretaria no había dejado de recordarle lo forrado que estaba ese tal Philip Wigemar, vicepresidente de TRINET. Si todo salía bien pronto podrían dejar atrás sus apuros económicos.

Philip Wigenar llegó con Susana Estrada. Ambos vestían de negro, un negro azabache que les confería un aspecto inquietante e impersonal.

—Díganme ¿en qué puedo ayudarles? —preguntó.

—Queremos que investigue un caso —respondió la mujer.

—¿De qué se trata?

—De un asesinato —dijo Philip, ofreciéndole una página de periódico.

Ngodup se sobresaltó, un caso de asesinato. La responsabilidad le abrumó. TRINET era la principal empresa de software del país. Y aquellas dos personas le pedían a él, alguien recién llegado al Gremio de Policía, que resolviera el caso del asesinato de una de las personas más ricas del mundo. No tenía sentido. Y menos aún porque todo el mundo sabía que Marion Bernstein no había sido asesinada sino que se había suicidado.

—Señores, recuerdo perfectamente el caso de Marion Bernstein y puedo asegurarles que fue rápidamente cerrado por las nueve compañías de policía que lo investigaron. Todas llegaron a la misma conclusión: suicidio. Una lástima, debo decirlo. Bernstein siempre le cayó bien a todo el mundo, era tan…

El hombre, ese tal Philip, sonrió de forma arpía. Había algo en esa persona que perturbaba el karma.

—Tenemos motivos para creer que no hubo tal investigación —le interrumpió.

—¿¡Qué!?

—Todas las compañías de policía del Gremio salvo la suya y la china son propiedad de la misma persona: Marion Bernstein.

Ngodup frunció el ceño sin llegar a comprender.

—Razón de más para que investigaran a fondo. Si asesinaron a su propietaria…

—Marion Bernstein dio instrucciones a esas compañías para que no investigaran su asesinato y concluyeran que se trataba de un suicidio.

—¡Eso no tiene sentido! ¿Por qué iba a hacerlo?

—Los motivos no importan. El caso es que venimos a hacerle un encargo.

—¿Cuál?

—Encuentre al asesino de Marion Bernstein —ordenó Philip.

Ngodup asintió con la mirada más serena que pudo, pero ni siquiera todos sus años intentando alcanzar el Nirvana lograron evitar que deglutiera saliva.

—¿Tienen alguna pista sobre quién puede ser?

Susana extrajo una tarjeta de memoria y se la entregó. Al introducirla en el ordenador apareció un vídeo en la pantalla que mostraba los movimientos de Marion en el Golden Gate. Marion había caminado en el solitario puente, embozada en una amplia gabardina que la protegía contra el helador viento que soplaba a esa altura. Hacia la mitad del camino se encontró con un corpulento hombre, intercambiaron un par de frases, Marion dio la espalda a la barandilla y el hombre, sin que Marion opusiera resistencia, la arrojó al vacío. Después el hombre prosiguió su camino sin inmutarse.

—No podemos deducir gran cosa de estas imágenes —se sinceró Ngodup con aires de profesionalidad—. Es un hombre de unos 35 años, raza caucásica, 1’85 metros y unos 90 kilos de peso.

—¿Puede encontrarle? —apremió Philip.

Ngodup intentó serenarse. No iba a ser nada fácil, pero necesitaba urgentemente el dinero para salir adelante. Las deudas le acosaban por todas partes. Desde que había sido expulsado del cuerpo de policía (antes de la privatización, cuando había realmente un cuerpo de policía) había vivido siempre al borde del abismo. Pero su karma había cambiado radicalmente el mes pasado, cuando un desconocido llamado Jacques Leclerc había comprado casi todas las acciones de su empresa con la condición de que la transformara en una compañía de policía. Y ahora, cuando más lo necesitaba, le llegaba un caso como ese. Ngodup podía oler el dinero.

—Por supuesto, pero mis honorarios son elevados —objetó.

—Eso no es problema. Sólo queremos aclarar una cosa. La Castro Private Security es una empresa de policía a todos los efectos, ¿no es así?

—En efecto.

—En tal caso, usted puede detener al sujeto.

—Así es.

—Y si opone resistencia puede dispararle —sugirió Philip con voz filosa.

—Estoy autorizado a hacerlo —admitió Ngodup con incomodo.

—Lo digo porque, como ve, se trata de un individuo muy peligroso. Sinceramente, no deseo verle suelto.

—Haré lo que sea necesario.

—He visto su historial en la antigua policía pública.

Ngodup tensó sus mandíbulas e intentó que su nerviosismo no trascendiera. Respiró hondo y recordó que el deseo produce la desdicha.

—¿Y? —preguntó Ngodup con prudencia.

—Veo que no se atrevió a disparar a un sospechoso. Antes de firmar el contrato con usted quiero estar seguro de que eso no se repetirá.

Ngodup pensó en sus deudas, pensó en la confianza que había depositado en él el señor Jaques Lecrerc, pensó en aquel sospechoso al que no había disparado y que había matado después a una niña. Sabía que había obrado mal, pero en lo más hondo de su ser también sabía que no podía matar a un ser humano.

Ngodup miró con fingida seguridad a Philip.

—Puede usted quedar tranquilo Sr. Wigemar. Haré lo que sea necesario para detener a este criminal —dijo y, abriendo su chaleco, mostró su pistola.

 

parte II

 

 

 

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