Just Like Honey PDF Imprimir E-mail
Escrito por Alexis Brito   
Martes, 30 de Junio de 2009 09:55
 
[6 pags. aprox]

 

«Saber es relativamente fácil. Querer y obrar de acuerdo a lo que uno quisiera, es siemrpe más duro.»

Aldous Huxley

 

 

Con una sonrisa melancólica, nos besamos delante del ascensor, evitando mirarnos a los ojos. Justine temblaba entre mis brazos. El calor de su cuerpo era una caricia dulce: una sensación que creía olvidada. Intenté quitarle hierro al asunto, fingir que no había pasado nada; no se me daban las despedidas.

—Nos vemos luego —susurré—. ¿Estás bien?

—Sí.

 

Otro beso cargado de afecto, estaba apunto de perder el control de mí mismo, arrastrarla a mi apartamento y hacerle el amor sobre el sofá, pero contuve mis pasiones: no quería empeorar las cosas. Indeciso, la solté, permitiendo que se marchara. Su abrigo azul Hugo Boss ondeó antes de que la puerta se cerrara, ocultando una mirada cargada de turbación. Con las manos en los bolsillos, regresé a mi piso lentamente, una canción sonaba en mi cabeza; el adiós que comprendía en aquel momento.

 

Listen to the girl

As she takes on half the world

Moving up and so alive

In her honey dripping

Beehive

Beehive

It’s good, so good

It’s so good

So good…

 

Al entrar, cerré la puerta con llave. Vibraba de los pies a la cabeza y me encontraba nervioso: una emoción anormal viniendo de mí, por norma tenía todo bajo control. Apagué el televisor encendido, las imágenes me molestaban, no me apetecía terminar de ver la película, necesitaba reflexionar. Me senté sobre el sillón, evitando recordar lo sucedido hacía pocos minutos mientras prendía un cigarrillo. El humo del Marlboro Light llenó mis sentidos, apartando cualquier sentido de culpabilidad que pudiera albergar. ¿Por qué había sido tan irresponsable? Preguntas flotaban en el aire, cuestiones que demandaban respuestas, conclusiones improbables de racionalizar. Cuando la pasión aflora es imposible controlarla: lo había comprobado de primera mano. Abrí el balcón de par en par, permitiendo que entrara el aire. Un mosaico de estrellas tachonaba la noche temprana, brillantes como cromo fundido, sobre los rascacielos de Tokio.

Suspiré: por una parte me encontraba feliz, había experimentado algo precioso, pero por otro lado supe que no obré correctamente, las amigas no se tocan, era una regla de oro que rompí sin proponérmelo. Regresé a la nevera, sirviéndome una copa hasta los bordes, sorteando los restos del cenicero roto en mil pedazos durante nuestro breve escarceo amoroso. Los filtros estaban manchados de pintura de labios roja.

No quería pensar, no iba a llegar a ninguna parte dándole vueltas al asunto, sólo me pondría peor de lo que estaba, no era cuestión de meter el dedo en la llaga intencionadamente. ¿Dormiría aquella noche? Lo dudaba de veras, lo más probable es que estuviera comiéndome el coco, intentando cambiar lo sucedido, aunque supiera que no podía dar marcha atrás. Tenía que haberlo visto venir, después de almorzar fuimos a mi apartamento, queríamos ver una película. Bebimos unas cuantas copas, apretados el uno contra el otro, sintiendo los latidos de su corazón nítidamente a través de sus dedos. Su mano aferraba la mía, deseos contradictorios resonaban en mi interior. Al cabo de una hora, nuestro autocontrol saltó por los aires, ella se acercó a mi rostro, mordiéndome los labios con fuerza, antes de besarnos apasionadamente. No pude controlarme y me dejé llevar por la locura, acariciándole los senos bien formados. Bruscamente, me arrastró sobre su figura, rodeándome las caderas con las piernas, frotando su pubis contra el mío. La violencia del acto me sorprendió, no imaginaba que pudiera gustarle. Los besos se volvieron más intensos, mi erección aumentó de nivel, presionando su vientre plano. La impresión de un orgasmo me invadió, sin darme cuenta retrocedí, subiéndole la camisa, pasando mis manos sobre su anatomía. Ella tomó mis nalgas, sus uñas arañaron mi piel. Sus pezones estaban entre mis labios y los recorrí disfrutando del sabor de su carne, con el corazón a punto de reventarme el pecho. Entonces, cuando le desabroché los pantalones, nos detuvimos. La culpabilidad nos invadió, obligándonos a recomponernos, incapaces de romper el contacto físico.

—Siempre me has gustado, Jack —confesó.

—Tú a mí también.

 

El tema continuaba en mi memoria, la letra era perfecta, resumía lo sucedido entre ambos. Extrañaba su presencia, el aroma de los recuerdos era doloroso, me hacía rememorar lo que había ganado, perdiéndolo instantes más tarde. La vida estaba llena de contradicciones, acababa de comprobarlo por enésima vez.

 

Walking back to you

Is the hardest thing that

I can do

That I can do for you

For you...

 

En el balcón, los hologramas publicitarios hirieron mis retinas, los monolitos de cristal cortaban los límites del cielo, reflejando mis emociones suspendidas. El tráfico nocturno recorría las calles desiertas, encendiendo las avenidas con tristeza, iluminando con sus faros los escaparates cerrados. Comprobé la hora, me quedaban treinta minutos para verla, el restaurante cerraría en breve, tenía que apresurarme para llegar puntual. Irónicamente, habíamos quedado para cenar la semana pasada, ahora todo era diferente, no podía volver a mirarla con los mismos ojos, la deseaba demasiado y temía que Noel lo notara en la mesa. Debía controlarme, paliar mis impresiones, había demasiadas cosas en juego. Terminé el whisky de malta, el alcohol descendió por mi garganta, abriendo las heridas que atesoraba en mi interior. Estaba cansado de cometer errores, parecía que, aunque me acercara a los 30 años, nunca iba a cambiar. Ahogando la mala conciencia, recogí los cristales rotos, limpiando el desorden que habíamos producido. Luego, me di una ducha ardiente, intentando quitármela de la cabeza, frotando mi cuerpo con fuerza para eliminar el olor de su piel. Sentía ganas de llorar, desahogarme de alguna manera, pero mi alma estaba bloqueada: nunca conseguiría hacerlo con naturalidad.

 

I'll be your plastic toy

I'll be your plastic toy

For you...

 

Enterré el cráneo entre los brazos, vencido por una repentina debilidad. La sangre palpitaba contra mis sienes, borrando el sonido del agua. Me odiaba, me desprecié con todas mis fuerzas, regodeándome en mi tormento, abrazando los bordes de la amargura. Demandaba sus labios carnosos, explorar las circunvoluciones de su cuerpo, complacer todos sus deseos. Prometí no tocarla por segunda vez, borrar lo ocurrido de mi memoria, enterrar mis emociones en una tumba de gravedad. La racionalidad se impuso a la imprudencia, era lo mejor que podía hacer, no sería justo para los dos continuar adelante, sólo sufriríamos innecesariamente; destruiríamos la belleza de lo que habíamos compartido. Después de secarme, procuré animarme, estaba deprimido, una nebulosa de remordimientos giraba alrededor de mi alma, drenando cualquier esperanza de redención que pudiera albergar. Desnudo, estuve tentado en golpear el espejo, destrozar el rostro odioso delineado sobre la superficie de mercurio, negándome a aceptar que estuviera relacionado conmigo de alguna manera. Rápidamente, crucé el amplio apartamento e ignoré los muebles de marca, dirigiéndome al dormitorio. En menos de un minuto elegí la ropa: traje Armani oscuro, camisa Calvin Klein blanca, corbata Versace gris marengo, chaleco azabache Jean Paul Gautier, cinturón Gucci negro, y zapatos Hugo Boss a juego con el cinturón. La canción de los Jesus And Mary Chain continuaba en mi memoria, mortificándome; el vacío que me rodeaba adquirió un matiz desolador.

 

Eating up the scum

Is the hardest thing for

Me to do...

 

En la salida me sentí asqueado, mi opulencia era una mascara inútil, no me proporcionaba la felicidad que solicitaba a la vida, sólo me recordaba lo patético que podía llegar a ser cuando me lo proponía. Prendí un pitillo, buscando la cartera de cuero Dolce & Gabbana, con los ojos entornados por el humo del Marlboro Light. Estaba sobre la mesa del salón. Volví a mirar la hora; faltaban pocos minutos para las doce, tenía que coger un taxi, o no llegaría a tiempo. El Nokia N80 emitió un pitido, sobresaltándome. Un mensaje parpadeaba en la bandeja de entrada:

 

Siento lo que ha pasado. Espero que no pienses mal de mí. Tarde o temprano tenía que suceder. Te quiero. XXX

 

Sonreí, me encontraba mejor, sus emociones era idénticas a las mías, continuábamos conectados al cien por cien. Un aerodeslizador pasó por encima de mi cabeza. Borré el mensaje, Nathan podría leerlo, no quería que se cachondeara de mí; era preferible prevenir antes que curar. Revisé los bolsillos, comprobando que no me faltara nada: tarjeta magnética, mechero, pitillos, cartera, móvil… Todo estaba en su lugar, podía marcharme cuando quisiera. 

 

Just like honey

Just like honey

Just like honey

Just like honey...

 

 

 

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