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Escrito por Juan José Tena   
Domingo, 21 de Diciembre de 2008 14:02
 
[5 pags. aprox]

 

Don Miguel había celebrado en su hacienda el cumpleaños de su único hijo al que llamaban familiarmente Miguelito. Ese día cumplía los trece años. Para festejarlo acudieron el obispo y todos los terratenientes de la región, el gobernador, los jefes militares y policiales y el juez del distrito, acompañados por sus esposas. Se había realizado una cacería y después un banquete donde todos habían brindado por Miguelito, que ya era un hombre, a partir de ese momento era Miguel. La esposa de don Miguel se retiró con las damas al salón de té mientras que los hombres se dirigieron a tomar la copa y el puro a la biblioteca. Tras unas horas de conversación los asistentes decidieron que ya era hora de retirarse a sus casas. Todos fueron despidiéndose de los anfitriones excepto un par de amigos de don Miguel que se quedaron a hablar con él en privado. Los tres de pronto dejaron la charla, se miraron fijamente a los ojos, y don Samuel, el dueño de la hacienda vecina, comentó:

-Miguel, ¿cree que ha llegado el momento?

—Sí, lo veo ya preparado. ¿No ha visto en la cacería de hoy la magnífica forma de disparar que ha mostrado? Ya está dejando de ser un niño y hay que imprimirle carácter.

—Estoy de acuerdo con usted, don Miguel —dijo don Matías, el mayor terrateniente de la zona —El chico ha de formarse, cuanto antes mejor. ¿Tiene el ayudante adecuado para la tarea?

—Sí, Pedro el capataz. Él nos acompañará. Lo haremos hoy. Voy a llamar al chico.

Miguel acudió a la llamada de su padre y saludó a los otros dos hombres. Estos le dieron la mano y le felicitaron.

—Ya no eres un niño, Miguel, te tienes que convertir en un hombre y eso tiene ciertas obligaciones. Tu padre te enseñará y debes obedecerle en todo lo que te diga.

—Así lo haré, don Matías.

—Me alegro. Bien, Miguel, vamos a recoger a nuestras esposas que se ha hecho tarde.

Los matrimonios se despidieron prometiendo volver a verse pronto. Al cabo de un rato don Miguel comentó a su mujer:

—Isabel, hoy no cenaremos en casa el chico y yo porque vamos a ir a la ciudad.

—¿El día de su cumpleaños? ¿Por qué has de llevártelo?

—Tiene que venir conmigo y punto. No me discutas.

Doña Isabel lo miró seriamente, pero no le contestó y salió de la habitación. Por medio de un criado don Miguel avisó a Pedro que acudió de inmediato.

—¿Lleva usted las armas para nuestra seguridad en la ciudad?

—Sí, don Miguel, estoy prevenido y dispuesto para que no suceda nada.

—Excelente. Ahora prepare el automóvil para nuestra marcha.

Media hora más tarde los tres se dirigían en el potente coche conducido por Pedro hacia la ciudad. Después de un rato en silencio pasando plantaciones y pueblos a gran velocidad comenzaron a ver las primeras chabolas del extrarradio. Una vez en el casco viejo de la ciudad don Miguel ordenó aparcar el coche en una planta baja de su propiedad y los tres se dirigieron a una vieja taberna situada en una oscura callejuela. Entraron y se sentaron en una mesa apartada, en una esquina del local. Los escasos clientes que había a esas horas miraron con recelo y desconfianza al grupo formado por el hombre rubio y trajeado de aspecto nórdico, el muchacho muy parecido a él, y el corpulento moreno de grandes bigotes y mirada hosca. Era evidente para ellos que se trataba de gente rica, forasteros en el barrio.

El tabernero se acercó y preguntó:

—¿Qué desean los señores?

—Una botella de ron y tres copas.

—¿Tres?

—Sí, beberemos los tres —don Miguel vio que era el centro de atención de todas las miradas por lo que dijo:

—Y que corra una ronda para todos de mi cuenta.

—Muchas gracias, señor —fue la respuesta. Todos volvieron a sus conversaciones y admitieron la presencia de los recién llegados.

El alcohol comenzó a hacer su camino. Miguel pese a tomar poco ron había vomitado al salir de la taberna y tenía graves dificultades para andar. Don Miguel y Pedro pese a beber mucho más se encontraban sobrios y le ayudaban a caminar. Se estaban internando en la zona peligrosa y deteriorada del centro, por las cada vez más estrechas y oscuras calles en la noche pegajosa del trópico. Había en el ambiente un olor dulzón a muerte mezclado con humedad, y basuras asaltadas por perros famélicos y ratas enormes. En una rinconada un borracho les pidió dinero y al negárselo se volvió agresivo y amenazante. A un gesto de don Miguel, Pedro le pegó un fuerte puñetazo en la mandíbula y una patada en el estómago, dejándolo en el suelo inconsciente. Miguel, despejado por la impresión, dijo a su padre que debían avisar a la policía o pedir ayuda, ya que el hombre podía estar grave.

Don Miguel le gritó:

—Este deshecho humano se ha buscado la paliza por provocarnos. Vamos, ahora tenemos que ir a otro sitio. Aún te quedan varias cosas por aprender.

Cogieron un taxi y pararon delante de un cabaret, con grandes rótulos de luces brillantes. Entraron y se sentaron en una mesa. Un camarero les sirvió bebidas y una mujer gruesa y madura, vestida con ropas chillonas, saludó a don Miguel:

—Cuánto gusto verle por aquí, don Miguel. ¿Qué desea?

—Trae a tu mejor chica para que baile con mi hijo.

—¿El servicio completo?

—Por supuesto.

—Y usted o su empleado, ¿desean algo?

—No María, otro día será. Cárguelo todo a mi cuenta.

Una joven morena, de rostro dulce y que no aparentaba tener más de dieciséis años se presentó sonriente e invitó a bailar a Miguel. Éste, nervioso e inseguro, por fin se levantó y comenzó a bailar con la chica. Unos minutos más tarde ella le dijo algo al oído y cogidos de la mano comenzaron a subir las escaleras hasta desaparecer de la vista. Mientras, don Miguel y Pedro les observaban con una sonrisa divertida.

Dos horas más tarde los tres salieron del local. Don Miguel daba unas palmaditas en la espalda a su hijo mientras caminaban con precaución por las callejuelas. Era ya de madrugada y dentro de unas horas la oscuridad se disiparía con la llegada del amanecer.

Pero en ese momento, con la escasa iluminación que existía, las calles repletas de recodos y vericuetos reflejaban espectrales sombras. Don Miguel había decidido volver andando, y no en taxi, adonde tenían el coche, para estirar un poco las piernas, aunque por donde caminaban era una zona de muy mala reputación y muy insegura. De repente unas sombras se concretaron y aparecieron de un callejón dos niños corriendo. Uno le quitó la cartera a don Miguel con una habilidad tremenda, propia de la práctica, y ambos huyeron a toda velocidad. Don Miguel ordenó seguirlos y comenzaron a correr tras ellos. Al doblar una esquina lograron ver a uno de los niños. Debían de haberse separado en la huida. Don Miguel deseaba que fuera ése el que llevara la cartera, aunque pensaba que si no la llevaba también le sería útil. Llegaron a la boca de un sótano y Pedro sacó una linterna que llevaba escondida. Corrieron por el sótano pisando los talones al niño, en una loca carrera que les hacía avanzar continuamente hacia el oscuro final del subterráneo hasta que por fin lograron acorralar al niño en el agujero donde vivía. Era un niño muy bajito y delgado para su edad, con los ojos extraviados y que temblaba ante sus captores. Sacó la cartera de un bolsillo y les pidió perdón llorando. Estaba claro que era un pequeño niño de la calle, malnutrido, y que sobrevivía a base de pequeños hurtos y del consuelo que era drogarse con cola de pegamento. La linterna de Pedro mostraba lo poco que tenía, un hatillo y una manta en el suelo del sótano.

Don Miguel hizo una señal y Pedro sacó un puñal y se lo puso en el cuello al niño. Entonces Pedro le dijo a Miguel:

—Demuestra que eres un hombre y mata a este gusano ladrón. Toma el puñal que yo lo sujetaré para que no se mueva.

—Coge el puñal y haz tu elección —dijo don Miguel.

Pedro dio el puñal a Miguel que lo cogió con manos temblorosas.

—¿No te atreves? ¿No has aprendido nada de esta noche ni de tu padre? No eres un hombre, sino un niño. Yo lo haré por ti.

Pedro sacó una afilada navaja, dispuesto a degollar al niño que sujetaba.

—No, espera, lo haré yo —dijo con súbita decisión Miguel.

—Haz tu elección, puedes elegir entre hacerlo o no —dijo don Miguel.

Miguel se acercó decidido con el puñal en la mano. Miró los ojos del niño e hizo su elección. Clavó el puñal hasta el mango, y penetró por el corazón manchando el suelo con la sangre. Pedro cayó al suelo y murió casi inmediatamente, con la sorpresa pintada en su rostro.

Una corriente de aire frío comenzó a recorrer el sótano, mientras Miguel se sentía mareado y notaba cómo la cabeza le daba vueltas. Entonces vio a su padre sujetando al aterrorizado niño mientras le decía sonriente:

—Has hecho muy bien tu elección.

Miguel miró sus manos manchadas por la sangre de Pedro. En medio del fuerte viento se sintió culpable y quiso decir a su padre que había hecho lo correcto, que había sido un acto de justicia, que la culpa no era suya. Pero seguía oyendo en su mente la voz de su padre susurrando «tu elección.» Se dio cuenta que había seguido su papel hasta el final. Él había sido el único que había matado. Algo horrible se despertó dentro de él, creció, le destrozó, y absorbió su interior. Entonces la bestia estuvo fuera de él y se sintió inocente otra vez. Después lo supo todo. Sintió cómo la ceremonia ancestral terminaba, y la bestia lo devoraba y se convertía en él, sufriendo dolores atroces en cada parte, en cada célula de su cuerpo. Gritó y vomitó. Su padre miraba sonriente el proceso que tan bien conocía, sujetando al niño que no paraba de gritar y de llorar. Don Miguel empuñó una pistola que sacó de su chaqueta y levantó de un solo tiro la tapa de los sesos al niño, ante la mirada vacía de su hijo.

Volvieron andando al garaje donde estaba el coche, montaron, y volvieron a la hacienda sin decir palabra. En la hacienda reinaba el silencio, aunque algunos sirvientes ya se habían levantado con el amanecer.

Don Miguel llamó por teléfono al domicilio de su amigo el comisario y le comunicó la muerte de Pedro, atacado por una banda de niños de la calle, y cómo él había abatido a uno de los agresores en defensa propia. El comisario de policía le dijo que no se preocupara, que él se encargaría del papeleo.

Don Miguel miró fijamente a su hijo y le dijo:

—Ya eres uno de los nuestros, y tú en el futuro comunicarás el secreto a tus descendientes.

—Así lo haré, padre.

—Muy bien, más tarde lo hablaremos con tu madre y te prepararemos para tus nuevas obligaciones, ahora vete a dormir.

Miguel, sonriendo, se fue a su habitación. Fuera los braceros llegaban para trabajar y se enteraban que Pedro, el capataz, había muerto. Comenzaba un nuevo día.

 

 

 

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